Bueno, pues.... ya estamos en Navidades. Un año más.
En estas fechas, cuando el calendario se tiñe de fiesta, muchos coincidimos en que la Navidad no arranca con el encendido prematuro de luces en las calles –ese espectáculo comercial e institucional que invade balcones y plazas desde noviembre o incluso antes–, sino con el ritual casi litúrgico del Sorteo Extraordinario de Navidad. Es el preludio de lo que sigue: los regalos, las reuniones familiares alrededor langostinos y turrones, el brindis con champán, los deseos de prosperidad, los whatsapp de felicitaciones y esas propinas generosas de los abuelos. "Vuelve a casa por Navidad", rezaba aquel anuncio icónico de una marca de turrón, evocando un retorno no solo físico, sino emocional, a los lazos que nos anclan en un mundo cada vez más desarraigado.
Pero, qué ironía: mientras nos preparamos para estas celebraciones, una corriente ideológica con la que me he tropezado en las redes, acecha en los márgenes del debate público, proponiendo nada menos que… ¡abolir la figura de la familia! Sí, has leído bien. No se trata de una distopía orwelliana, sino de un movimiento extremo de corte izquierdista-feminista, defendido por pensadores como Sophie Lewis (autora de “Abolish the family: a manifesto for Care and Liberation”), quien argumenta que “la familia nuclear reproduce desigualdades capitalistas y patriarcales”, proponiendo en su lugar un "cuidado colectivo supraestatal". Esta autora sostiene que la familia no es un refugio, sino “una cárcel privada que perpetúa la opresión de género y clase”. Otros defensores, como M.E. O'Brien imaginan un mundo post-familiar donde el Estado o comunidades diversas asumen el papel de la crianza, liberándonos supuestamente de las "cadenas" del parentesco biológico para que “la familia deje de ser necesaria”, reemplazándola por redes colectivas.
¿Qué nos quedaría entonces? ¿El Estado como padre omnipresente, con Hacienda como el abuelo que, en lugar de propinas, nos envía requerimientos? No, por favor. Esta idea cruel y abyecta, envuelta en un lenguaje de "liberación", ignora la evidencia histórica y antropológica de toda la vida. La familia no es un “constructo capitalista”, sino el núcleo primigenio de la sociedad humana, forjado en milenios de evolución social. Abolirla equivaldría a desmantelar el último cuartel contra el intervencionismo estatal, ese Leviatán que ya nos asfixia con regulaciones y subsidios condicionados. Imagínense una Navidad sin abuelos contando batallitas, sin niños expectantes ante los regalos o incluso sin la entrañable figura del “cuñado sabelotodo”: solo un sorteo estatal, parabienes racionados y brindis obligatorios en comunas anónimas de compañeros también anónimos… ¿Progresismo? No, estaríamos más bien ante un “regresismo” a utopías fallidas que la historia nos recuerda y que todos conocemos.
Por eso la familia emerge no como opresora, sino como ese refugio indiscutible ante el desastre moderno: la falta de oportunidades de emancipación, la precariedad laboral o un naufragio amoroso . En un mundo donde el Estado promete todo y entrega muy poco, la familia nos salva con su afecto incondicional, sus tradiciones y su capacidad para forjar individuos libres que se sienten queridos y apoyados en momentos de flaqueza.
Esta Navidad, volvamos a casa: es allí donde reside la verdadera salvación, los nuestros, el calor de hogar y el último refugio ante el frío y la indolencia de ahí afuera.

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