LA ESCALADA DE
LA DESGRACIA
En estos tiempos, donde ser moderado parece un
anacronismo del pasado, uno no puede evitar reflexionar con una ironía amarga
sobre nuestra capacidad para normalizar el caos. ¿Recuerdas ese escándalo que
nos indignó ayer, o hace una semana, o… ¡hace un mes! Seguro que no, porque ya
ha sido sepultado por el siguiente, más grotesco, más descarado o más abyecto.
La humanidad, esa plaga ingeniosa que infesta el planeta, ha perfeccionado el
arte de la adaptación: no a la virtud, sino a la podredumbre y a la catástrofe
que perecemos buscar sin remedio. Y si no existe, pues la creamos.
Pensemos en ello: la guerra en Ucrania o el Medio
Oriente ya no es noticia de portada; es el ruido de fondo de nuestras vidas,
incorporado como el café matutino. La inflación galopante, el problema de la
vivienda, la polarización que divide familias y amigos, la mentira
institucionalizada en boca de políticos que prometen orden pero siembran
discordia... Todo se acumula como moscas sobre la mierda, y nosotros, con una
resignación que roza lo patético, elevamos el umbral de lo tolerable hasta niveles
que nunca hubiésemos sospechado. ¿Es esto progreso? Desde la perspectiva moderada
(algunos le llaman inmovilismo), donde valoramos la estabilidad, el respeto y
la responsabilidad individual, parece más bien una capitulacion ante el
relativismo moral que tanto critica el progresismo más encendido.
Irónicamente, nos jactamos de resiliencia, pero
¿no es esto una especie de anestesia emocional? La incertidumbre económica, la
muerte banalizada en redes sociales, la guerra con aspecto de videojuego en
redes y televisiones cargada de banalidad, el insulto gratuito y el odio a
quien piensa diferente… ¿Qué será lo siguiente? Pues… un colapso total,
aceptado sin remedio y como cosa inevitable sin dejar de escalar peldaños hacia
el borde del abismo.
Y nosotros, tan civilizados, seguimos adelante.









