DIA DEL LIBRO EN ZARAGOZA

 

Este jueves, día 23 de abril, os espero en el Paseo de la Independencia en la caseta de la Asociación Aragonesa de Escritores en donde estaré firmando ejemplares de mi última novela LA OCTAVA CASILLA. Estaré en horario de 9:30 a 11:00, de modo que nos tocará madrugar un poco para vernos. Si no puedes acudir a la cita, recuerda que también puedes conseguir tu ejemplar en Amazon a través del enlace: https://amzn.eu/d/9jrpby5


¿Qué puede ver un jugador de ajedrez que los demás no podemos? ¿Qué vemos nosotros que él no
puede? ¿Por qué "Jóse" nunca juega cara a cara con nadie sino a través de plataformas de internet? ¿Cuál es ese secreto que le hace ser tan grosero y despreciable con todos pero tan dulce con su prima Sonia? ¿Qué condición ha de cumplir para cobrar la herencia de su “viejo”? o… ¿Es su cuñado tan capullo como él lo ve? La respuesta a estas y otras preguntas en las páginas de “La octava casilla”, una novela que contiene todo lo que esperas y mucho más. No te la pierdas.


RELATO SELECCIONADO PARA LA REVISTA SOPICONA

 


La asociación cultural “TANTO MONTA” de la insigne villa de Sos del Rey Católico, cuna de Fernando I de Aragón, tiene como órgano de difusión la revista “SOPICONA” dirigida por Manuel Valle Molero, en donde podemos estar al día de las diversas actividades culturales y recreativas que se celebran en la localidad. En su sexto número, han tenido a bien seleccionar uno de mis relatos que optó para ocupar un espacio en su sección "Un poco de otras cosas" que aquí reproduzco. Su título es “Bartolo Sabo, inventor”, en donde un ingenioso personaje (ficticio) hijo de la ilustre Villa, nos relata cómo se hace acreedor de la admiración de sus vecinos gracias a su ingenio. Escrito en tono jocoso y con toques de realismo mágico, nos trasladará a Sos del Rey Católico en un tiempo pretérito de su mano y de sus inventos. A continuación podéis leerlo.

No os lo perdáis.














DE LA TIERRA A LA LUNA, EN PRIMAVERA

En estos últimos días han acontecido demasiadas cosas juntas. En zaragoza se ha parado el Cierzo y se ha marchado el frío, ha acabado la Semana Santa y parece que encaramos la primavera a pleno pulmón. Fuera de nuestra ciudad, la actividad política y judicial vuelve a sus andadas con innumerables casos de corrupción y la guerra parece que continúa, más bien las guerras, o lo que algunos llaman ya la "Tercera Guerra Mundial” sigue su camino desestabilizando los mercados, la cesta de la compra, el precio de los combustibles y sembrando muchas incertidumbres a nuestro alrededor.

Durante estos días también hemos podido ver en los medios y redes sociales la misión Artemis de la NASA de camino a la Luna que nos proporciona imágenes inéditas tanto de nuestro planeta como del satélite llenas de simbología y mensaje. Nuestro mundo, visto desde el espacio es una cosa bella y prometedora, una bola colgada en el universo de color azul salpicada de nubes blancas que lo rodean y parecen protegerlo de amenazas exteriores. Pero el verdadero peligro se encuentra sobre la superficie terrestre y no es otra que nosotros mismos. La Tierra carece de fronteras naturales salvo esos accidentes geográficos naturales como costas o cordilleras y hemos sido nosotros quienes nos empeñamos de continuo en mover de forma artificial (fronteras terrestres, económicas, ideológicas o tecnológicas) que algunos trazan a su acomodo para establecer su hegemonía sin ceder un ápice para lograr una paz y convivencia que todos deseamos.

Si somos capaces de llegar a la luna o más allá y de crear inteligencias artificiales (ya lo adelantó Kubrick en su “2001”), ¿por qué no somos capaces de llegar a un entendimiento? ¿De verdad somos tan listos para salir de la atmósfera y tan torpes para convivir dentro de ella?

Esto parece no tener buen fin, así que “ataos los machos” y al tiempo

FELIZ DÍA DEL PADRE

 


Como viene siendo costumbre, cada 19 de marzo se celebra el Día del Padre. Felicidades a todos ellos. Y permitidme que lo diga sin pudor: el padre no es un accesorio negociable ni un capricho de temporada, es una posición de respeto y autoridad inherente al hombre realmente comprometido, una figura proveedora, vigilante y afectuosa que ciertos movimientos interesados han intentado arrinconar.

La familia ha cambiado y cada vez más mujeres optan por la maternidad en solitario, ya sea con técnicas artificiales o por la vía tradicional, pero sin un padre en escena. La biología, sin embargo, no se somete a decretos ideológicos, ya que la mitad de la carga genética es necesaria, y con ella, esa aportación insustituible. El padre no duplica a la madre y mucho menos la sustituirá, pero ambas figuras resultan necesarias y complementarias: donde ella suele ofrecer el abrazo incondicional, él pone el límite claro, la disciplina serena o la mentoría que enseña a los hijos a tolerar la frustración. Ese “no” paterno no es rigidez; es el primer ensayo para un mundo en donde van a encontrar multitud desengaños y negativas para los que se han de ir acostumbrando.

La pareja puede romperse, pero los hijos no caducan, por lo que el padre debe seguir prestando asistencia, aunque ya no comparta domicilio. Y si la vida es más dura y lo llama antes de tiempo, su figura no se va: se queda como mentor querido, invisible y eficaz, susurrando consejos desde el más allá con la misma autoridad que tenía en vida.

Llegado un servidor a una edad ya respetable y siendo también padre, comprendo por fin muchas cosas que en su momento no podía entender. Mi padre, que tanto hizo por mí —en silencio y casi siempre sin pedir aplausos—, ya no está para recoger la gratitud que le debo. Pero su efigie, su ejemplo y virtud siguen en mi corazón, más vivos que nunca. Feliz Día del Padre, papá, y feliz Día del Padre a todos los que lo somos por el privilegio de serlo.

Y es que mientras haya hombres dispuestos a levantarse cada mañana para ser ese proveedor, vigilante y afectuoso que su posición le atribuye, la familia seguirá contando con un pilar que ninguna moda pasajera logrará erosionar.


 


LA ESCALADA DE LA DESGRACIA

En estos tiempos, donde ser moderado parece un anacronismo del pasado, uno no puede evitar reflexionar con una ironía amarga sobre nuestra capacidad para normalizar el caos. ¿Recuerdas ese escándalo que nos indignó ayer, o hace una semana, o… ¡hace un mes! Seguro que no, porque ya ha sido sepultado por el siguiente, más grotesco, más descarado o más abyecto. La humanidad, esa plaga ingeniosa que infesta el planeta, ha perfeccionado el arte de la adaptación: no a la virtud, sino a la podredumbre y a la catástrofe que perecemos buscar sin remedio. Y si no existe, pues la creamos.

Pensemos en ello: la guerra en Ucrania o el Medio Oriente ya no es noticia de portada; es el ruido de fondo de nuestras vidas, incorporado como el café matutino. La inflación galopante, el problema de la vivienda, la polarización que divide familias y amigos, la mentira institucionalizada en boca de políticos que prometen orden pero siembran discordia... Todo se acumula como moscas sobre la mierda, y nosotros, con una resignación que roza lo patético, elevamos el umbral de lo tolerable hasta niveles que nunca hubiésemos sospechado. ¿Es esto progreso? Desde la perspectiva moderada (algunos le llaman inmovilismo), donde valoramos la estabilidad, el respeto y la responsabilidad individual, parece más bien una capitulacion ante el relativismo moral que tanto critica el progresismo más encendido.

Irónicamente, nos jactamos de resiliencia, pero ¿no es esto una especie de anestesia emocional? La incertidumbre económica, la muerte banalizada en redes sociales, la guerra con aspecto de videojuego en redes y televisiones cargada de banalidad, el insulto gratuito y el odio a quien piensa diferente… ¿Qué será lo siguiente? Pues… un colapso total, aceptado sin remedio y como cosa inevitable sin dejar de escalar peldaños hacia el borde del abismo.

Y nosotros, tan civilizados, seguimos adelante.


DESEOS Y PROMESAS DE FIN DE AÑO


Se acaba este 2025 y encaramos de frente el Año Nuevo con ilusiones que quizá no sean tan brillantes y esperanzadoras como en otras ocasiones. Eso de apuntarse al gimnasio, dejar de fumar o aprender inglés se relega a un segundo plano cuando el turbio panorama político y social que nos envuelve no pinta demasiado halagüeño. Sí, otros males nos amenazan como la corrupción política, esa manida cesta de la compra que no para de subir, la precariedad del empleo, la imposibilidad de alquilar o comprar vivienda como base para un proyecto de futuro, la inseguridad en nuestras calles, la fuerte presión fiscal o la tensión constante que envenena nuestras conversaciones, se quieren ver compensados por los que nos gobiernan mediante esas promesas de “escudo social”, bono-transporte o subida de pensiones como caramelos que se les da a los niños para que no pataleen  y se porten bien (o más bien para que les sigan votando).

Me temo que en este Año Nuevo que estrenamos no va a ser muy diferente a este 2025 que dejamos atrás. Los males que nos amenazan seguirán sobrevolando nuestras cabezas—o tal vez empeoren—   y dudo mucho que un cambio de gobierno elegido de entre el arco parlamentario e ideológico que tenemos delante pueda o quiera hacer algo. Quizá sea el propio sistema el que falla de raíz.

Como digo, no sé si habrá elecciones en este año venidero pero, querido lector, si se presentan los marcianos a las elecciones se llevarán sin duda mi voto.

YA ESTAMOS EN NAVIDAD.

 



Bueno, pues.... ya estamos en Navidades. Un año más.

En estas fechas, cuando el calendario se tiñe de fiesta, muchos coincidimos en que la Navidad no arranca con el encendido prematuro de luces en las calles –ese espectáculo comercial e institucional que invade balcones y plazas desde noviembre o incluso antes–, sino con el ritual casi litúrgico del Sorteo Extraordinario de Navidad. Es el preludio de lo que sigue: los regalos, las reuniones familiares alrededor langostinos y turrones, el brindis con champán, los deseos de prosperidad, los whatsapp de felicitaciones y esas propinas generosas de los abuelos. "Vuelve a casa por Navidad", rezaba aquel anuncio icónico de una marca de turrón, evocando un retorno no solo físico, sino emocional, a los lazos que nos anclan en un mundo cada vez más desarraigado.
Pero, qué ironía: mientras nos preparamos para estas celebraciones, una corriente ideológica con la que me he tropezado en las redes, acecha en los márgenes del debate público, proponiendo nada menos que… ¡abolir la figura de la familia! Sí, has leído bien. No se trata de una distopía orwelliana, sino de un movimiento extremo de corte izquierdista-feminista, defendido por pensadores como Sophie Lewis (autora de “Abolish the family: a manifesto for Care and Liberation”), quien argumenta que “la familia nuclear reproduce desigualdades capitalistas y patriarcales”, proponiendo en su lugar un "cuidado colectivo supraestatal". Esta autora sostiene que la familia no es un refugio, sino “una cárcel privada que perpetúa la opresión de género y clase”. Otros defensores, como M.E. O'Brien imaginan un mundo post-familiar donde el Estado o comunidades diversas asumen el papel de la crianza, liberándonos supuestamente de las "cadenas" del parentesco biológico para que “la familia deje de ser necesaria”, reemplazándola por redes colectivas.
¿Qué nos quedaría entonces? ¿El Estado como padre omnipresente, con Hacienda como el abuelo que, en lugar de propinas, nos envía requerimientos? No, por favor. Esta idea cruel y abyecta, envuelta en un lenguaje de "liberación", ignora la evidencia histórica y antropológica de toda la vida. La familia no es un “constructo capitalista”, sino el núcleo primigenio de la sociedad humana, forjado en milenios de evolución social. Abolirla equivaldría a desmantelar el último cuartel contra el intervencionismo estatal, ese Leviatán que ya nos asfixia con regulaciones y subsidios condicionados. Imagínense una Navidad sin abuelos contando batallitas, sin niños expectantes ante los regalos o incluso sin la entrañable figura del “cuñado sabelotodo”: solo un sorteo estatal, parabienes racionados y brindis obligatorios en comunas anónimas de compañeros también anónimos… ¿Progresismo? No, estaríamos más bien ante un “regresismo” a utopías fallidas que la historia nos recuerda y que todos conocemos.
Por eso la familia emerge no como opresora, sino como ese refugio indiscutible ante el desastre moderno: la falta de oportunidades de emancipación, la precariedad laboral o un naufragio amoroso . En un mundo donde el Estado promete todo y entrega muy poco, la familia nos salva con su afecto incondicional, sus tradiciones y su capacidad para forjar individuos libres que se sienten queridos y apoyados en momentos de flaqueza.
Esta Navidad, volvamos a casa: es allí donde reside la verdadera salvación, los nuestros, el calor de hogar y el último refugio ante el frío y la indolencia de ahí afuera.